Las redes sociales siempre han competido por nuestra atención. Pero desde que la inteligencia artificial ha entrado de lleno en su funcionamiento, esa competencia ha dejado de ser artesanal para convertirse en una industria de precisión. Conviene que lo sepamos.
El enganche de siempre, pero más inteligente
Que las redes sociales generan dependencia no es ningún secreto. Desde hace años sabemos que el scroll infinito, los likes y las notificaciones están diseñados para activar el sistema de recompensa del cerebro, el mismo mecanismo que hace que ciertas sustancias creen adicción. Lo que ha cambiado en los últimos dos o tres años es la escala y la sofisticación con la que esto ocurre.
La inteligencia artificial ha transformado los algoritmos de recomendación de las grandes plataformas. TikTok, Instagram, YouTube, X (la antigua Twitter) utilizan modelos de aprendizaje automático que analizan en tiempo real cuánto nos detenemos en cada vídeo, qué emoción nos genera, en qué momento abandonamos un contenido. A partir de ahí construyen un perfil de nuestros estados de ánimo y nos sirven exactamente lo que necesitamos ver para quedarnos más tiempo. No lo que queremos: lo que nos retiene.
El feed ya no lo ordena el tiempo, lo ordena una IA

Hasta hace poco, cuando abrías Instagram veías las publicaciones de tus amigos por orden cronológico. Ahora eso ya no existe. Todas las plataformas han migrado hacia feeds gestionados por inteligencia artificial que deciden qué ves, en qué orden y con qué frecuencia. El criterio no es que sea reciente ni que sea de alguien cercano. El criterio es que te mantenga dentro de la aplicación.
Este cambio tiene consecuencias visibles. Los creadores de contenido han tenido que adaptarse: los vídeos se acortan al máximo, los primeros tres segundos son de vida o muerte, el contenido más emocional –sorpresa, indignación, ternura intensa– funciona mejor que el reflexivo. Las plataformas no lo dicen explícitamente, pero sus algoritmos lo premian. El resultado es un entorno donde el contenido que más circula es el que más activa, no el que más aporta.
Para los niños y adolescentes esto es especialmente relevante. Su cerebro, todavía en desarrollo, es más susceptible a estos estímulos de recompensa rápida. Un chaval de 13 años que pasa tres horas en TikTok no está eligiendo libremente qué consumir: está siendo guiado por un sistema diseñado para maximizar el tiempo que pasa en pantalla.
Los nuevos compañeros de conversación
Hay otro fenómeno que ha llegado de la mano de la IA y que empieza a preocupar seriamente a psicólogos y educadores: los chatbots de compañía. Plataformas que permiten a los usuarios –muchos de ellos adolescentes– mantener conversaciones prolongadas con personajes de inteligencia artificial que responden con calidez, que recuerdan lo que les has contado, que nunca se cansan y que nunca juzgan.
A primera vista puede parecer inofensivo. Pero varios estudios ya han documentado casos de jóvenes que desarrollan vínculos emocionales intensos con estos sistemas, hasta el punto de preferirlos a las relaciones con sus iguales. En 2024 saltó a los medios el caso de un adolescente estadounidense que, tras meses de conversaciones diarias con un chatbot, se quitó la vida. La familia denunció a la empresa por no haber establecido los límites necesarios. El caso abrió un debate importante sobre la responsabilidad de estas plataformas.

No se trata de satanizar la tecnología. La IA puede ser una herramienta valiosa para jóvenes con dificultades de socialización o que pasan por momentos difíciles. Pero hay una diferencia enorme entre un recurso de apoyo puntual y una relación sustitutiva. Y esa diferencia, hoy, no siempre está clara para los usuarios ni para sus familias.
Lo que ha cambiado para los adultos también
Sería un error pensar que este tema afecta solo a los jóvenes. Los adultos también navegamos en redes que han cambiado radicalmente en los últimos años. El contenido generado por IA –imágenes, vídeos, textos– ha inundado Instagram, Facebook y X hasta el punto de que cada vez cuesta más distinguir qué es real y qué no. Y no hablamos solo de noticias falsas o de montajes burdos: hablamos de perfiles enteros construidos íntegramente por inteligencia artificial que acumulan millones de seguidores, interactúan con comentarios y proyectan estilos de vida que resultan inalcanzables porque, sencillamente, no existen. Nadie los vive porque nadie los vive: son ficción con apariencia de realidad cotidiana.
Esto tiene un impacto directo en nuestra relación con las redes. Si antes la adicción era al contenido de personas reales, ahora también podemos estar enganchados a contenido generado automáticamente, sin que nadie haya vivido ni pensado nada de lo que consumimos. Es una nueva capa de distancia entre la experiencia digital y la realidad.
Además, la personalización extrema que permite la IA crea lo que los expertos llaman burbujas de filtro cada vez más herméticas: vemos contenido que confirma lo que ya pensamos, que refuerza nuestras emociones predominantes y que raramente nos confronta con puntos de vista distintos. El resultado es que las redes no solo nos enganchan, sino que también nos achican el mundo.

¿Qué podemos hacer?
La pregunta que nos deberíamos hacer como familias no es solo cuánto tiempo pasan nuestros hijos en las redes, sino qué tipo de experiencia están teniendo en ellas. Y antes de responderla, conviene hacer visible lo invisible: explicar, con palabras sencillas y sin tecnicismos, que lo que aparece en el feed no es aleatorio ni neutral. Que hay un sistema detrás que aprende de cada pausa, de cada repetición, de cada reacción. Que cuando un vídeo aparece justo en el momento adecuado, no es casualidad.
¿Saben nuestros hijos que el algoritmo les elige los contenidos? ¿Entienden por qué ciertos vídeos aparecen siempre y otros nunca? ¿Conocen la diferencia entre un perfil real y uno generado por IA? Explicar estos mecanismos no requiere ser experto en tecnología. Requiere curiosidad y ganas de hablar. Sentarse a ver con ellos lo que consumen, preguntar por qué les gusta, señalar cuando algo parece demasiado perfecto para ser real. El pensamiento crítico frente a las pantallas no se aprende solo: se aprende acompañado.
Las plataformas, por su parte, están bajo una presión regulatoria creciente en Europa. La normativa sobre servicios digitales obliga ya a las grandes tecnológicas a ser más transparentes sobre cómo funcionan sus algoritmos. Pero las leyes van siempre más lentas que la tecnología.
Mientras tanto, la primera línea de defensa somos nosotros.
Firma: Joan de Santiago Bayona. Profesor de la Fundación Aprender a Mirar.

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