«Es solo diversión, no estoy haciendo mal a nadie»

Así lo decía Maica, alumna de 1º de Bachillerato, mientras deslizaba el dedo por la pantalla de su móvil tumbada en la cama. Un par de apuestas pequeñas, unos euros que sobraban, la emoción de acertar. Nada serio. Nada peligroso. Al menos eso creía. Nunca imaginó que esa frase acabaría persiguiéndola durante meses.

Al principio todo era un juego. Una apuesta entre amigas, una ruleta online antes de dormir, la ilusión de ganar algo de dinero sin esfuerzo. Maica no se sentía distinta a los demás. De hecho, cada vez son más los jóvenes que, como ella, se enganchan al juego en línea y a las apuestas, tanto en España como a nivel internacional. Según un informe del Ministerio de Derechos Sociales y Consumo, en el último año las apuestas online han aumentado un 20%. Detrás de esa cifra hay nombres, historias y habitaciones iluminadas por la luz azul de un móvil, como la de Maica.

Lo que hacía tan atractivo el juego en línea para ella era precisamente lo que lo hacía peligroso: gratificación inmediata, un diseño llamativo, acceso a cualquier hora del día, anonimato y la sensación engañosa de que el riesgo era mínimo. Cada pequeña victoria le provocaba una descarga de emoción que quería repetir. Y cuando perdía, pensaba que la siguiente apuesta lo arreglaría todo.

El cerebro de Maica, como el de cualquier adolescente, aún estaba en desarrollo. Los neuropsicólogos explican que la corteza prefrontal, responsable del autocontrol y de valorar las consecuencias, no termina de madurar hasta aproximadamente los 25 años. Mientras tanto, el sistema de recompensa funciona a pleno rendimiento. Cada vez que Maica ganaba, aunque fuera poco, su cerebro liberaba dopamina, la llamada hormona del placer. Esa sensación era breve, pero intensa. Y quería más.

Además, el juego online se basa en un refuerzo intermitente: a veces se gana y a veces no. Ese patrón es uno de los más potentes para generar adicción. Igual que cuando Maica esperaba un like en Instagram y revisaba compulsivamente el móvil, cada apuesta activaba el mismo circuito cerebral. Tanto los likes como las apuestas generan gratificación inmediata que liberan dopamina, activando el mismo sistema de recompensa del cerebro y reforzando el comportamiento de búsqueda de placer constante. Empezar con pequeñas apuestas y poco dinero puede resultar muy caro.

Con el tiempo, su entorno empezó a notar cambios. Maica estaba más irritable, se enfadaba con facilidad y se encerraba en su habitación. Ya no disfrutaba igual de las quedadas con amigas ni de las conversaciones familiares. Cuando perdía, sentía ansiedad y frustración; cuando ganaba, la euforia duraba apenas unos minutos. Empezó a ocultar lo que hacía, a mentir sobre el dinero gastado, convencida de que no estaba haciendo daño a nadie. Pero el daño ya estaba ahí.

Lo que le ocurría a Maica no era un simple mal hábito. Era un problema que había dejado de poder controlar. El juego online no es inocuo: puede convertirse en un trastorno que afecta al comportamiento, a las emociones y a las relaciones personales, especialmente en jóvenes.

¿Cómo prevenir estas conductas?

La pregunta entonces es inevitable: ¿cómo prevenir estas conductas en nuestros hijos y alumnos? No se trata de prohibir sin más la tecnología, sino de educar. De ayudarles a no confundir su valor personal con el dinero fácil o la popularidad digital. De crear espacios de diálogo donde puedan expresar lo que sienten y desarrollar pensamiento crítico, frente a la presión social.

Es fundamental fomentar actividades que generen un placer real y duradero: el deporte, la cultura, el arte o el voluntariado. Enseñar que el ocio no siempre tiene que pasar por una pantalla ni por el dinero. Promover relaciones presenciales y sanas, la cultura del esfuerzo y explicar cómo funcionan los algoritmos, la publicidad y los sistemas de recompensa digital. Y, sobre todo, predicar con el ejemplo y enseñar a reconocer emociones como el aburrimiento, la frustración o la ansiedad, para que no busquen alivio inmediato en conductas de riesgo.

Maica acabó comprendiendo que el juego online nunca es solo un juego. Su experiencia se resume en una lección esencial para la vida: a veces, la mejor jugada es no jugar.

Firma: Dolors Vidal. Psicóloga.