- Introducción
- Ver no es lo mismo que comprender
- Las tres fases
- Educar la mirada con lo bello
- El cine es un arte
Introducción
Este artículo puede ser útil para todo aquel que quiera hacer del cine algo más que un mero instrumento de ocio. La mirada se va formando poco a poco a lo largo de la vida, y estas líneas quieren acompañar ese proceso, tanto a quienes se consideran expertos en cine como a quienes no.
Ver no es lo mismo que comprender
Ver una película no es lo mismo que comprender una película. Ver, podemos ver todos; comprender implica dar un paso más allá. Supone prestar atención a los detalles, a los distintos elementos que conforman la obra cinematográfica, para llegar al sentido del conjunto. Por eso, cuando alguien afirma haber visto tal o cual película, no significa necesariamente que haya llegado a su núcleo: puede haberse quedado en la superficie o haber captado solo una parte. Y para comprender un todo es imprescindible comprender sus partes, porque una película –por decirlo así– está hecha de muchas capas.
Más que de partes, deberíamos hablar de elementos. Un espectador que acude al cine únicamente para entretenerse probablemente no piense en ellos. El entretenimiento suele buscar desconexión, disfrute o incluso evasión. Sin embargo, cuanto más conocemos algo, más lo apreciamos: cuanto mejor comprendemos una película, más rica y plena resulta la experiencia audiovisual, porque somos más conscientes de su valor. En este sentido, es lógico que el amante del cine quiera aprender a analizar una película para comprenderla mejor. Pero esta forma de aproximarse al cine no es útil solo para cinéfilos: en una cultura profundamente audiovisual, desarrollar una mirada crítica ayuda a cualquier espectador a elegir mejor lo que consume. Comprender es, en última instancia, una forma de elegir.

Comprender una película implica hacerse preguntas: ¿es buena o no?, ¿por qué?, ¿cuáles son sus virtudes y sus defectos?, ¿qué historia cuenta?, ¿qué mensaje transmite?, ¿qué temas aborda y cómo lo hace?, ¿en qué destaca? Si somos capaces de responderlas, podremos distinguir con mayor claridad entre obras sólidas, bien construidas en la forma y en el fondo, y aquellas que resultan pobres en uno u otro aspecto. Cabe decirlo: para que una película sea verdaderamente buena necesita que forma y fondo estén a la altura. Obras como Casablanca (1942), Sonrisas y lágrimas (1965), El padrino (1972), La vida es bella (1997), El señor de los anillos: El retorno del rey (2003), Batman Begins (2005) o La La Land (2016) alcanzan esa armonía: la calidad formal sostiene un fondo profundo, y ambos elementos dialogan entre sí con coherencia.
Aprender a ver cine, por tanto, no es una cuestión baladí. No solo nos permite disfrutar más y saborear mejor una película, sino que también nos otorga una mirada crítica y reflexiva. Podemos salir del cine igual que entramos, o podemos hacerlo con un juicio formado, capaz de valorar la calidad de lo que hemos visto y de argumentar por qué una película funciona o no. Es cierto que toda obra contiene una dimensión ideológica y subjetiva: detrás de cada filme hay una mirada, un pensamiento, un autor. Pero más allá de las afinidades personales, una película puede analizarse en términos de calidad, de profundidad en el tratamiento de los temas, de respeto al espectador y de ausencia de manipulación burda. De eso se trata en este artículo: de aprender a fijarnos en aquellos aspectos y elementos que se acercan, en la medida de lo posible, a lo objetivo.
Las tres fases
Para ello, podríamos atender a tres tiempos: el previsionado, el visionado y el postvisionado. Veamos cada fase con detalle.
Durante el previsionado, el espectador puede informarse sobre el director del filme y conocer su trayectoria, lo que ayuda a anticipar los géneros y estilos en los que se siente más cómodo y a identificar posibles aspectos destacados de su obra. También resulta útil fijarse en cuándo se produjo la película, ya que situarla en un contexto histórico, cultural o social permite captar referencias, mensajes implícitos o matices que de otro modo podrían pasar inadvertidos. Ver el tráiler ayuda a formarse una primera impresión sobre el género y el tono del filme –más o menos dramático, cómico, romántico, de aventuras, acción, ciencia ficción, realismo o basado en hechos reales– y a anticipar ciertos elementos técnicos como música, fotografía o efectos especiales.

El visionado es el corazón del proceso: es el momento en que el espectador capta al mismo tiempo todos los elementos que conforman el filme. Por ello, la atención plena es clave, ya que permite luego valorarlo y emitir un juicio reflexivo. Con este marco previo, el espectador está preparado para sumergirse en la película y captar sus múltiples capas.
Durante esta fase, el espectador puede fijarse en distintos aspectos:
- Narrativos: la imagen de apertura y cierre, los puntos de giro, el clímax y el desenlace; los diálogos, los silencios, las decisiones de los personajes y su arco de transformación.
- Visuales y espaciales: la iluminación, la paleta cromática y la puesta en escena; los movimientos de cámara, los tipos de planos, la coreografía dentro de los encuadres y los lugares donde se desarrolla la trama.
- Sonoros: la banda sonora, efectos de sonido y cualquier recurso auditivo que influya en la atmósfera o la tensión dramática.
- Simbólicos y estilísticos: objetos, personajes o música que actúan como leitmotivs (símbolos recurrentes); el tono general del filme, el estilo (más realista, expresionista, surrealista, etc.) y el género o combinación de géneros que vertebra la historia.
Observar estos elementos durante el visionado permite no solo fijarnos en el cómo (la forma) de la película, sino también comprender el qué (los temas), ya que el cómo está pensado, de alguna manera, al servicio del qué se aborda.
Por último, el postvisionado es el momento del “después”. Es cuando uno se queda cavilando sobre la película, cuando las imágenes, los diálogos y las ideas regresan con el paso de las horas o los días. Durante esta fase, el espectador ordena los elementos que percibió, reconoce su función dentro del conjunto y es capaz de evaluar el valor argumental de la obra a partir de esos detalles explícitos en los que se ha fijado.
De esta manera, atendiendo al antes, durante y después se podrá comprender bien no solo los temas (más o menos superficiales; más o menos existenciales; más o menos realistas) sino si esos temas están tratados con una buena técnica y sin sesgo tendencioso, aunque toda película contenga una ideología (la del autor que la concibió, fruto de sus experiencias y reflexiones vitales). Es decir, el cómo uno se dispone a ver una película marcará su comprensión integral después. Sin embargo, algo que también puede ayudar enormemente a educar la mirada cinematográfica es desarrollar la sensibilidad hacia la belleza de la naturaleza. Me explico.
Educar la mirada con lo bello
Hoy, en la cultura audiovisual, están muy presentes lo gore, lo surrealista, lo onírico y también lo ambiguo, lo indefinido. Se percibe una predominancia de lo oscuro, lo tenebroso y lo macabro, con ausencia de luz y colores vivos. La iluminación muchas veces está matizada o casi ausente, y los colores emocionalmente alegres aparecen forzados o prácticamente neutros. Es decir, las emociones se transmiten, pero falta una luz o un color que permita identificarlas con claridad. En la naturaleza, la noche y el día conviven, pero la luz y el color no se editan: se ven tal y como son. Es importante que las cosas sean como son para que nos emocionen, nos conmuevan, nos desesperen o nos llenen de esperanza. Por ello, muchas veces los filtros o la edición de los planos pueden alejarnos de la belleza más identitaria. Demasiada modificación de la realidad lleva a la mirada a percibir lo que ve como artificial, forzado, poco auténtico e incluso repugnante.

Para educar la mirada frente a un contenido audiovisual, es fundamental haber percibido antes la belleza de la naturaleza en su forma más pura: la pureza de un rostro sin maquillaje, un amanecer o el deslumbrante rojo de un atardecer, un paseo por la montaña, el sonido de las olas, escuchar con atención una banda sonora instrumental, contemplar un cielo estrellado en su máximo esplendor, leer un libro tumbado en el césped al cobijo de la brisa de verano, vivir un momento de amor auténtico, sabernos mirados a los ojos o disfrutar de un instante de calma sin reloj. En soledad o en compañía, se trata de conectar, de hacernos una misma cosa con lo que vemos, miramos, observamos o contemplamos. Y, en definitiva, vivir ese tipo de experiencias reales nos conduce a una verdad de la que uno no duda: eso es bello por sí mismo.
Pararnos a contemplar, desconectados de pantallas, nos permite estar plenamente presentes en el mundo real. Saber detenernos, sin inputs tecnológicos ni audiovisuales, nos predispone a mirar con mayor atención. Gracias a esos momentos de conexión con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza o con una realidad que nos trasciende, nuestra mirada puede captar lo más profundo y bello del ser humano, para luego reconocerlo en la ficción con mayor facilidad: en la música, los diálogos, la fotografía, los colores, la iluminación o el lenguaje cinematográfico. La contemplación de lo natural, sin intermediarios digitales, se convierte así en el camino para acercarnos con mayor profundidad a la obra que retrata la realidad: la película.
El cine es un arte
En definitiva, el cine es un arte que nos invita a mirar más allá de lo inmediato, a conectar forma y fondo, ideas, emociones y técnica, espectáculo y reflexión. Ver cine no solo se aprende viendo, sino también educando la mente y la mirada, haciéndonos más sensibles hacia los destellos de belleza y verdad que cada obra puede transmitir.

Al educar nuestra percepción –tanto de la naturaleza como de la ficción– somos capaces de disfrutar más y de captar el auténtico sentido de las historias. Podemos valorar con criterio detalles como lo que quiso transmitir Francis Ford Coppola en El Padrino con el uso del rojo, el blanco y el negro, o cómo el tema principal se resume en la premisa temática: “hasta qué punto estás dispuesto a involucrarte para proteger a tu familia”.
Porque, al final, cada película es un espejo del mundo y de nosotros mismos como seres humanos: nuestros deseos, nuestras necesidades y nuestras decisiones para alcanzar grandes metas. Cuanto más atentos estemos, más profundamente podremos sumergirnos y comprender la magia del séptimo arte.
Firma: Rocío Montuenga. Análisis de contenidos en Contraste.

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