Las violencias contra las mujeres no comienzan con un golpe. Antes adoptan la forma de mensajes y gestos que parecen inofensivos. Hoy, niñas y adolescentes se construyen en una cultura digital que mide su valor por la foto perfecta y el número de seguidores. La hipersexualización y la cosificación se venden como libertad, pero la presión por mostrarse y el miedo a quedarse fuera terminan imponiendo un guion ajeno.
Cada vez más chicas relatan experiencias de acoso, chantaje o difusión de imágenes íntimas sin consentimiento. Naciones Unidas advierte que una de cada seis adolescentes ha sufrido violencia física o sexual por parte de su pareja en el último año, y buena parte de esa violencia se traslada ahora a las pantallas. En México, más de diez millones de mujeres y niñas mayores de 12 años que usaron Internet en 2024 fueron víctimas de ciberacoso y la violencia digital ya afecta a más de 10 millones de mujeres y niñas en el país. En España, el estudio Generación expuesta del Centro Reina Sofía de Fad Juventud concluye que un 60,6 % de los y las jóvenes ha sufrido algún tipo de violencia sexual digital. Detrás de estas cifras hay heridas invisibles: ansiedad, soledad y miedo a mostrarse.
La cultura de los likes y la hiperconectividad no inventan la violencia machista, pero sí la amplifican. Algoritmos que premian la exposición perpetúan estándares inalcanzables. La pornografía mainstream sigue siendo la escuela de sexualidad de muchos adolescentes. Retos virales y comentarios que valoran partes del cuerpo de las chicas normalizan la mercantilización. Este contexto impide que identifiquen la violencia, porque se presenta como juego o halago. La hipersexualización no es una elección individual cuando el sistema ridiculiza a quienes reivindican su derecho a una sexualidad libre y segura.
Un caldo de cultivo algorítmico
Las redes que dicen conectar también amplifican los estereotipos. Investigadores de la University College London observaron que la página «Para ti» de TikTok pasó en cinco días de mostrar un 13 % de contenido misógino a un 56 %, cuadruplicando los mensajes de odio hacia las mujeres. La llamada manosfera, que glorifica una masculinidad agresiva, y el rincón “rosado” de TikTok, que infantiliza a las chicas y convierte la tristeza o la fragilidad en una estética aspiracional, actúan como polos opuestos, pero igual de dañinos. Ambos simplifican identidades complejas y alimentan la idea de que ser mujer implica complacer o sufrir.
La exposición comienza en casa
La violencia digital también tiene origen en el ámbito doméstico. El sharenting —la costumbre de publicar fotos de hijos e hijas— genera una huella digital que puede ser explotada por desconocidos. Diversas investigaciones alertan sobre el riesgo de compartir datos como nombre, fecha de nacimiento o imágenes reconocibles, ya que esos detalles conforman una huella que perdura durante años y puede estar sujeta a usos indebidos Proteger la intimidad digital de los menores es una forma concreta, y necesaria, de proteger su seguridad.

Consecuencias reales
El impacto no se queda en la pantalla. Las víctimas de violencia digital presentan con mayor frecuencia episodios de angustia, autocrítica e incluso aislamiento.
En algunos casos, el acoso virtual desemboca en agresión física o deriva en depresión. La falta de respuesta rápida por parte de las plataformas, sumada a la culpa que muchas chicas sienten, agrava el daño. Por eso hablar del tema con naturalidad, creer sus testimonios y acompañarlas sin juzgar es el primer paso para que no se sientan solas.
Educar sin miedo, pero con conciencia
Frente a este escenario, no basta con prohibir o “vigilar” dispositivos. La verdadera prevención nace de una educación emocional y relacional basada en el respeto y la empatía. Enseñar a identificar límites, a pedir ayuda y a decir que no es tan importante como enseñar a cuidar. Educar para la paz desde la escuela y desde casa ayuda a que niños y niñas aprendan a gestionar emociones y a tratar a los demás sin violencia ni burla.
La familia no puede delegar esta responsabilidad: la implicación emocional, la conversación diaria y la confianza son los pilares de una convivencia sana.
Retrasar el acceso: una cuestión de salud mental
Diversos estudios internacionales coinciden en que tener un smartphone antes de los 13 años se asocia con más ansiedad, peor regulación emocional y mayor exposición al ciberacoso. Un análisis de datos de más de 100 000 jóvenes muestra que quienes recibieron su primer teléfono a los 12 años o antes presentaban más pensamientos suicidas, agresividad y baja autoestima en la adultez joven. El acceso temprano a las redes sociales explica alrededor del 40 % de la relación entre la posesión de un móvil en la infancia y la mala salud mental posterior; el ciberacoso explica un 10 % y los trastornos del sueño un 12 % de esa relación.
Por eso, países como Australia han dado un paso decisivo: su ley Online Safety Amendment Act prohíbe que menores de 16 años tengan cuentas en determinadas redes y obliga a las plataformas a tomar “medidas razonables” para cerrar las cuentas de los menores o impedir que se registren, so pena de multas de hasta 49,5 millones de dólares. No es una medida de aislamiento, sino de madurez: un intento de proteger la salud mental y prevenir la exposición temprana a dinámicas que no pueden gestionar.
La Plataforma Control Z y la llamada a las familias
La Plataforma Control Z, dirigida por Mar España, reúne a unas 16 asociaciones científicas, de la sociedad civil y de los medios de comunicación para abordar la hiperconexión digital. Psicólogos, pediatras, neurólogos y psiquiatras alertan de que el uso inadecuado de las pantallas genera un aumento de los problemas psicoemocionales infantiles, como ansiedad, retraimiento, agresividad o hiperactividad. Entre sus principales recomendaciones figuran impedir el acceso a pantallas a los menores de seis años, limitar su uso hasta los doce y retrasar la entrega del primer teléfono inteligente hasta los 16 años. La plataforma busca impulsar medidas legislativas, sanitarias, educativas, tecnológicas, sociales y familiares que frenen la hiperconexión digital y retrasen el acceso de los menores a las redes sociales.

Retrasar el móvil no es un castigo; es una forma de cuidado. Elegir hacerlo es un acto de amor y responsabilidad. No implica desconfiar de los hijos, sino confiar en que aún tienen derecho a vivir sin la presión constante de compararse, sin el juicio público y sin la adicción del scroll infinito. La infancia necesita aire, no algoritmos; tiempo real, no pantallas que dicten su autoestima.
Lo que las familias sí pueden hacer
Proteger digitalmente a la infancia no significa aislarla, sino acompañarla con firmeza y cariño:
- Escuchar y creer cuando expresen miedo o incomodidad tanto en el mundo off line como en el online.
- Conversar a diario sobre lo que consumen y comparten, interesarse sin invadir.
- Retrasar el primer smartphone y establecer horarios y espacios libres de pantallas.
- Cuidar el ejemplo: lo que los adultos publican de los menores también los marca.
- Tejer comunidades de apoyo entre familias y escuelas para compartir recursos y límites coherentes.
Las medidas que necesitamos como sociedad
Ninguna familia puede afrontar sola un problema que es estructural. Necesitamos un marco común que incluya: la actualización de la legislación digital para sancionar con claridad prácticas como la difusión de imágenes íntimas y los deepfakes sexuales, la verificación obligatoria de edad para acceder a redes sociales y contenidos adultos; la regulación de algoritmos que amplifican la violencia o la sexualización de menores; protocolos escolares y judiciales que garanticen apoyo psicológico y protección real a las víctimas; educación mediática en el currículo que enseñe pensamiento crítico, empatía y autocuidado desde la escuela; y campañas públicas que promuevan modelos igualitarios y cuestionen estereotipos de género.
Los gobiernos, las plataformas tecnológicas y los medios deben asumir su parte. No se trata solo de retirar contenidos peligrosos, sino de construir entornos digitales que no se lucren con la vulnerabilidad de las niñas.

Cuidar su libertad, proteger su futuro
Proteger a niñas y adolescentes de la violencia digital es defender su presente y su libertad. Es garantizar que puedan descubrir quiénes son y crecer en su propia personalidad sin miedo, sin ser reducidas a una imagen, sin convertirse en un producto y sin quedar expuestas a una violencia que hiere su desarrollo.
Las pantallas no son el enemigo, pero sí exigen adultos atentos, normativas valientes y una cultura que ponga el bienestar por encima del beneficio. Si queremos una generación libre, debemos enseñarles a mirar con criterio, a decir que no y, sobre todo, a no medir su valía por lo que otros miran. Porque, en el fondo, protegerlas no consiste en alejarlas del mundo, sino en acompañarlas a habitarlo con seguridad y confianza. La vida de una niña no empieza en una pantalla, sino en el mundo offline: en los brazos que la sostienen, en las miradas que la reconocen, en los olores y las voces que la rodean desde el nacimiento.
Es ahí, en esa red de vínculos reales, donde se teje su seguridad interior y donde su cerebro madura sin prisas antes de dar pasos hacia lo digital. Solo cuando ese suelo está firme, las pantallas pueden llegar como herramienta, no como refugio ni como juez. Acompañarlas es, sobre todo, proteger ese mundo real para que, cuando llegue el virtual, no las arrastre, sino que las encuentre en pie.
Firma: Anna Plans. Presidenta de la Fundación Aprender a Mirar.

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